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Monday, June 25, 2012

NEW KIDS ON THE BLOCK Y SU PERFECTA HUMANIDAD. CAPÍTULO 3


III
Siempre buscamos ser amados, cuando debiéramos amar simplemente. Nadie es digno de ser amado, todos somos dignos de amar, de experimentar el amor en la acción y no en la reacción.

            Desde la ventanilla del autobús mientras observaba las calles pasar una tras otra, Diana veía algunas casas tan sencillas que la invitaban a pensar en quién viviría en ellas, personas como todas las otras, personas que amaban, que odiaban, que se tenían que levantar cada mañana, ir a trabajar, volver por las tardes y tratar de ser feliz cada día. Más adelante se observaba un parque. En él los niños acompañados de sus madres o niñeras jugaban como si no existiera nada más en el mundo, por una esquina uno se caía dibujando en el rostro de la muchacha una sonrisa tierna al ver como una joven mujer, seguramente su madre, corría y lo levantaba en el aire mientras reía de buena gana al constatar que sólo había sido un susto. Mientras observaba pequeños detalles cotidianos de vidas ajenas que nunca formarían parte de la suya Diana se preguntaba por qué siempre terminaba haciendo lo que Jordan quería. Por ningún motivo ella deseaba aparecer por la casa de los Knight, pero de una u otra manera siempre terminaba haciendo eso mismo, instalada en aquella sencilla y maravillosa sala esperando a que Jordan llegara. Si tan sólo Kiara fuera más agradable. Aunque en realidad últimamente no podía quejarse, la pequeña niña se había portado relativamente bien. Pero eso no era lo que realmente le preocupaba. Lo que más la incomodaba era Jonathan y sus ojos color de miel…
            Siempre estaba pensando en Jonathan y él era tan frío con ella. Se preguntaba si alguna vez lograría conversar con él más de cinco minutos seguidos. Por qué siempre le costaba tanto que la quisieran… Aunque, si lo pensaba con atención no le había ido tan mal en las últimas semanas cuando el año casi llegaba a su fin, había encontrado un mejor amigo y por primera vez en su vida se había sentido parte importante en la vida de alguien, en la vida de su amigo Jordan al que amaba como si fuera un verdadero hermano.
            Algo mágico había ocurrido en aquel primer encuentro, momento en el que supo que todo en su vida cambiaría. Y claro que había cambiado, al fin se estaba sintiendo querida por ella misma… Tenía un amigo, un verdadero amigo, el hijo de una madre tan cariñosa que la hacía añorar las caricias de la madre que nunca tuvo, de la madre que imaginó, anheló y que no logró conquistar… ¿Algún día se atrevería a confesar su secreto? Tarde o temprano lo tendría que hacer, aunque por supuesto aquello implicaba un riesgo que, sin la menor duda, debía correr, pero que todavía no se atrevía a enfrentar. Por otro lado estaba Jonathan, como no amarlo si en sólo un instante se sintió tan pequeña y tan inmensa al mismo tiempo, como si su existencia se completara frente a otra existencia. Con un solo roce le había hecho descubrir a su piel una nueva calidez, un fuego que había comenzado arder y que ya no se apagaría nunca…
            Colgada al hombro cargaba su guitarra y pasada una esquina se aprontó a bajar del autobús. No le costó trabajo descender del vehículo, pero caminar sumida en sus cavilaciones sí se le hizo un verdadero martirio. Cómo podría quererla Jonathan si ella era apenas una niña. Estaba convencida de que él pensaba que ella era una niñita que  todavía jugaba con muñecas, nada más alejado de su realidad. Además, seguramente un muchacho tan mayor, como le parecía que era él, tendría más de algún romance y nunca se iba a fijar en ella, tan pequeña, deslucida y transparente. Porque para ella, para ser sincera consigo misma no tenía ningún atractivo físico. Era demasiado delgada y no tenía ninguna forma de mujer, ni busto, ni caderas, ni siquiera la prestancia de la elegancia que se suponía debía poseer. Siempre se sintió identificada con Marianela, aquella triste protagonista de la novela de Benito Pérez Galdós, pero para ella no había ningún ciego que amara su espíritu más que a su cuerpo y por supuesto ya sabemos cómo termina la historia, aparece la bella Florentina y el ciego que deja de ser ciego se enamora perdidamente de la belleza virginal de la prima recién llegada, olvidando por completo el amor que se suponía sentía por la nada agraciada Marianela, que muere de pena cuando confirma la lástima que su triste imagen provoca a la vista del ex ciego.
            Era en soledad cuando todas estas meditaciones la asaltaban y le provocaban tanto dolor que muchas veces terminaban en llanto y desconsuelo.
            Por fin luego de sólo tres cuadras, que le parecieron una vida entera, estaba en la casa de su amigo. Cruzó el jardín observando las bellas flores que la señora Albornoz cuidaba con tanto esmero y cariño. Se dispuso a golpear la puerta esperando que Jordan se encontrara al otro lado tal como se lo había prometido, pero no hubo aún tocado cuando la puerta se abrió encontrándose a boca de jarro con Jonathan, la persona que al mismo tiempo más deseaba y temía ver.
- … Hola… ¿Jordan está?
Musitó apenas en un hilillo de voz.
- Hola… No… Dijo que llegaría como en media hora. Acaba de llamar. Pero pasa, por favor.
La invitó a entrar mientras le sonreía tiernamente, algo parecía romperse por dentro de Diana, como si el corazón le diera un vuelco.
- Pero dijo que estaría aquí, lo prometió.
Dijo en voz alta con una voz cada vez más quebrada, como hablando consigo misma.
- Lo sé, también me lo dijo. Se suponía que me prestaría algo. Pero siéntate por favor.
- Gracias.
Se sentó mirando las innumerables cajas que se encontraban sobre los sillones y se preguntó qué significaría aquel desorden, nada habitual en aquella casa.
- Éste es mi hermanito. Últimamente le ha dado por ordenar un montón de cosas, todavía no lo consigue como es obvio. Ha estado bastante raro. Disculpa, pero ya me tengo que ir, Kiara anda por ahí, ella te hará compañía.
Palabras ante las cuales ella puso cara de circunstancia y casi suplicó sin habérselo propuesto, mostrando por primera vez, no miedo a quedarse con Kiara, sino ansiando estar con él y no dejarlo de ver.
- No, por favor, no me dejes sola.
- Si no pasa nada, mi hermanita ha madurado mucho en los últimos días.
Comentó Jonathan mirando hacia la cocina tratando de que Diana se sintiera confiada en que había cero riesgo para ella. En realidad ni él mismo se creía sus palabras preguntándose si Diana realmente temía quedarse a solas con su hermanita.
- Sí, por supuesto, ha pasado de las palabras bruscas a la total ignorancia. Es un gran progreso.
Jonathan rió.
- De acuerdo, de acuerdo, me quedaré un rato y haré de buen anfitrión. ¿Es lo que corresponde, no?
- Me parece que así es.
Dijo ella mientras se atrevía a sonreír con mayor confianza.
            Jonathan se sentó a su lado porque los sillones estaban todos muy ocupados. Por un momento el roce fue tan incómodo para ella como para él, aunque él apenas sospechaba que para ella era una incomodidad agradable.
            El silencio gobernó por unos momentos, que parecieron demasiado largos, hasta que él inició el diálogo. Diálogo que ninguno de los dos recordaría más tarde. El clima y su inestabilidad en los últimos días… Los últimos acontecimientos internacionales… Entre broma y broma recordaron la golpiza que Diana le propinara a la enorme Débora.
- Todavía me siento avergonzada.
Sonrosada inclinaba la cabeza como queriendo ocultar su vergüenza por el penoso incidente.
- No deberías. Tal vez no fue la mejor forma de solucionar un problema, pero eso sucedió. Le pegaste y fue todo. - dijo Damián mientras le daba pequeños toques en la mano tratando de levantarle el ánimo.
- Es que la violencia es negativa, está mal…
            De pronto sin saber por qué Jonathan comenzó a mirarla y ella no podía dejar de verlo. El tiempo se había detenido y ella comenzó a respirar con dificultad. Él le había tomado la mano y la estrechaba suave y firmemente. ¿Qué había en Diana que lo atraía con tanta fuerza? Tal vez la profundidad de esa mirada melancólica. Tal vez la pureza de unos labios que sabía tan cándidos y que presentía apasionados. No lo sabía exactamente y no podía dejar de acercársele. Ella sentía que moriría con cada segundo que transcurría y que la única manera de resucitar era con ese beso que anhelaba hacía tanto tiempo, que desesperadamente necesitaba con mayor premura, con urgencia a cada segundo que transcurría, sin siquiera conocer cómo podría ser, jamás había recibido un beso y lo deseaba tanto. Él pensaba en Jordan, en su promesa y no podía fallar… pero… la adoraba. Desde que la había visto por primera vez no podía dejar de pensar en ella. ¿Por qué había hecho esa estúpida promesa? La respuesta venía inmediatamente a su memoria, por su hermano, por el amor profundo que sentía por su hermano. No podía… No podía evitar sentir lo que sentía. Ella era como un sueño encarnado, un sueño que ni siquiera sabía que tenía. Un sueño de armonía, plenitud y confianza. Tan pequeña, tan frágil y tan delicada. La veía como una parte de su propia existencia, como un aire vital que hasta ese momento no sabía que necesitaba tanto para vivir. Ahora deseaba un beso, suave, tierno, cálido y sofocante…
            Pero unos gritos desesperados los hicieron ponerse de pie automáticamente y separar sus manos. Kiara venía gritando para pedir ayuda. Lo único que alcanzaron a comprender de todo aquello fue la palabra Pepito que la pequeña repetía una y otra vez al borde del paroxismo.
            La siguieron de prisa hasta llegar a la cocina donde descubrieron a Pepito retorciéndose en el suelo casi sin respiración. Con ambos cuartos delanteros intentaba desesperadamente quitarse algo del hocico sin éxito, mientras que Kiara lloraba sin poder hacer nada por su querida mascota. Diana sin dudar un solo instante se inclinó sobre el animal para sostenerlo con fuerza y abrirle el hocico metiendo sus dedos en él, logrando que el animal volviera a respirar normalmente. Luego de soltarlo, una vez tranquilizado, se quiso limpiar las manos y Jonathan aún sorprendido le extendió una toalla de papel. Kiara se lanzó a los brazos de Diana y sólo le agradeció por salvar a su mascota. La niña había intentado alimentar al perro mezclando el alimento con huesos de pollo que habían quedado del almuerzo. En los últimos días el animal había estado sin apetito y Kiara pensó que podría comer mejor si encontraba su comida más sabrosa. Nunca imaginó que podría atragantarse con uno de estos huesos. Recién en ese momento entendió que nada podía ser peor que darle huesos de pollo a su mascota. Y también se sintió muy arrepentida por lo grosera que había sido con Diana desde el primer día que la conoció.
- Algunas veces los perros pasan periodos de inapetencia, igual que los seres humanos. Sólo hay que observarlos por si dejan de comer o de beber agua. ¿Él dejó de comer?
Preguntó a Kiara mientras buscaba detergente para lavarse las manos.
- No dejó de comer, sólo comía menos.
Respondió la niña mientras tomaba a Pepito entre sus brazos para abrazarlo.
- Entonces está perfectamente saludable. Deberían llevarlo de todas maneras al veterinario para que le revisen la garganta por si tiene algún pedazo incrustado o alguna herida.
Kiara miró a Jonathan abriendo mucho los ojos.
- Yo me encargo. Tranquila hermanita. Ahora lleva a Pepito al patio y ponle agua, pero no lo obligues a beber.
Dijo mientras le frotaba la cabeza a su pequeña hermana.
- No, ya entendí. Gracias Diana, voy al patio.
- Dime Diana, ¿cómo supiste qué hacer?
Preguntó Jonathan mientras le extendía nuevamente la toalla de papel para que se secara las manos.
- Voy a ser veterinaria, siempre estoy estudiando… en realidad leyendo libros de biología y revistas sobre el cuidado de los animales, de los animales en general, amo a los animales.
- Ya veo. ¿También te gustan los peces?
Quiso saber Jonathan mientras se frotaba las manos.
- Claro que sí. Adoro el mar…
De pronto pareció recordar algo muy placentero.
- Entonces te va a encantar esto.
La tomó de la mano y la condujo por la casa hasta llegar a su habitación. Ella se dejó llevar sólo disfrutando del contacto de la mano de Jonathan.
            En ese lugar estaba instalado, hacía no más de dos días, un acuario no muy grande. Jonathan le explicó que él adoraba el mar y que su sueño frustrado era bucear. Ella le confesó que era una experiencia inolvidable. A sus doce años ya había buceado un par de veces, como un premio escolar al buen rendimiento académico. Fue todo lo que le contó y él se fascinó con el relato de aquella experiencia.
            Diana no dejaba de observar un diminuto pez color violeta y Jonathan no dejaba de observarla a ella que medianamente inclinada seguía al pececillo. Con su mano derecha tomó la mejilla izquierda de ella acercándola hacia sí. Ningún pensamiento atravesaba su mente. Ningún obstáculo se interponía entre ellos. En medio de su habitación las barreras cayeron y los temores desaparecieron. Naciendo la ternura de un suave beso, la caricia precisa en los cabellos de ella, jamás acariciados, finalizando con un intenso abrazo, que brindaba a Diana una sensación de sosiego, plenitud y seguridad. Para Jonathan la sensación de perpetuidad en otro ser, de una perfecta comunión y de un abandonarse a sí mismo para comenzar a vivir de ahora en adelante sólo para ella.
* * *
            Cuando Norman regresó tiempo más tarde encontró a Diana, Kiara y Jonathan conversando alegremente en la sala. Le sorprendió sobre todo el hecho de que su hermanita estuviera tan contenta junto a su amiga. Hasta donde él sabía Kiara no soportaba la presencia de Diana, la razón no era otra que los típicos celos fraternales. A pesar de esto no hizo ningún comentario y se limitó a sentarse y relatar la archiconocida excusa. Luego de lo cual sería la propia Kiara quien le contaría detalladamente la razón de su actual comportamiento, provocándole una gran alegría con la noticia.
            Esa tarde, Jordan sintió algo distinto en el ambiente y también se eximió de emitir algún comentario. Pero había algo diferente que no se animaba a desentrañar todavía. Entre tanto seguiría adelante con su plan. Como siempre Jonathan se excusó para retirarse, pero Jordan no lo dejó y prácticamente lo obligó a quedarse y demostrar uno de sus ocultos talentos: el canto.
- Cuando me pediste que trajera la guitarra me imaginé que necesitabas preparar algo para la escuela.
Dijo Diana mientras sacaba el instrumento delicadamente del bolso.
- También, pero antes de que nos dediquemos quisiera que practicáramos un poco aquí en la sala.
Esto lo dijo mirando alrededor y sintiéndose algo avergonzado por el excesivo desorden que había mantenido durante los últimos días.
            Tenía la secreta intención de que Diana escuchara la bella voz de su hermano y por supuesto de que Jonathan escuchara los perfectos acordes que ella lograba en la guitarra. No se amilanó por el desorden y se propuso sacar algunas cajas para sentarse un poco mejor, porque hasta ese momento se encontraba sentado en uno de los brazos del sillón.
            Diana tocó los primeros acordes y Jordan se dispuso a cantar. Kiara que se encontraba en silencio observando concienzudamente a su hermano recién llegado se adelantó y dio inicio a una serie ininterrumpida de bellas canciones. Jordan cantaba maravillosamente bien y Jonathan no se quedaba atrás, no por nada había estado en el coro de la iglesia por tantos años cuando eran más pequeños y aún vivían con su padre. Kiara por otro lado hubiese sido mejor que no cantara, a pesar de lo cual todos se alegraron sinceramente de que se atreviera y se integrara a aquella inusual actividad.
            Las horas pasaron rápidamente y llegó la hora de decir adiós. No se entendió cómo fue que finalmente, después de insistencias y negativas, Jonathan casi se ofreció para ir a dejar a Diana a su casa, quien se veía bastante compungida, pero también feliz de tan conveniente obligación que el joven había adquirido. Jordan entretanto se dio por satisfecho y se retiró a sus habitaciones sin proferir alguna otra palabra aquella noche. Tenía sospechas de que lo que había tramado tanto tiempo atrás, por fin hubiera resultado, pero ni ese día ni los que vinieron diría nada, ni a su hermano, ni a Diana. Eso sí, estaría atento y observante al menor indicio, los que por supuesto no tardaron en quedar en evidencia. Jonathan siempre tenía cosas que hacer y se perdía tardes enteras. Jordan sabía que su hermano era muy aplicado y se dedicaba con ahínco a los estudios, pero nunca había dedicado tanto tiempo fuera de la casa. Además, estaba esa expresión de simple felicidad que siempre habitaba en su rostro. Aquello le alegraba profundamente y decidió esperar a que su hermano le contara por sí mismo lo que le estaba sucediendo.

NEW KIDS ON THE BLOCK Y SU PERFECTA HUMANIDAD. CAPÍTULO 2


II
Cuántas veces nos engañamos viendo lo que queremos ver. Tal vez algo más de tiempo y observación servirían para comprender mejor nuestros sentimientos.

            A partir de los días siguientes, Jordan y Diana se hicieron prácticamente inseparables. Donde quiera que fuera uno, pronto el otro aparecía.
La primera vez que se encontraron sin siquiera haberlo planeado fue en una heladería cercana al colegio que no era nada frecuentada por el resto de los estudiantes, no porque sus helados fueran malos o el sitio no fuera agradable, sino porque era un poco caro para los estudiantes del sector y principalmente porque el lugar era frecuentado por sus padres. A pesar de esto allí estaban Diana y tras ella, sin percatarse de su presencia, estaba Jordan pidiendo el helado favorito que su madre le había encargado llevara a casa al regresar de la escuela. Diana pedía un sencillo barquillo y al darse vuelta tuvo la mala suerte de embadurnarlo por completo en la camiseta de Jordan quien se encontraba demasiado cerca suyo para prever tal accidente que casi arruina por completo aquella camiseta que tanto le gustaba. Ninguno de los dos tuvo consciencia de la presencia del otro hasta el momento del “ataque del helado asesino” como recordarían por mucho tiempo después, viniéndoles en cada oportunidad un ataque de risa incontenible que los demás no entendían ni entenderían nunca.
- ¡Ay! Lo siento mucho… ¡Jordan!
- Yo también lo siento, ¿qué haces aquí? No respondas, es obvio.
- Pero mira como te dejé…
- Tranquila, no importa, pero tu helado se arruinó, te compro otro.
- No es necesario, daño por daño.
            Finalmente el caballeroso Jordan logró reponer el helado de su amiga y se dio la oportunidad de conversar con ella un rato mientras tenían su orden lista.
            Fue a partir de este incidente que comenzaron a verse con una frecuencia inusitada y a conocerse mucho mejor en conversaciones que fácilmente duraban horas. Curiosamente para Jordan, que nunca había sido un gran conversador, siempre era él quien hablaba más y revelaba más. Diana, normalmente se mostraba abierta, sincera pero cuando se trataba de datos concretos, en realidad mucho no aportaba para el intrigado Jordan, a quien en realidad esto no le molestaba en lo más mínimo, hasta le parecía que era parte del encanto de su nueva amiga y pronto se acostumbró a esta reserva, una extrema prudencia sobre su vida íntima que daba a Diana un cierto toque de misterio que lo mantenía cada día más expectante a cada pequeña nueva información que se escapaba, a veces por casualidad, de los labios de su ya querida Diana.
            Ella pudo, en cambio, conocer mucho más de la historia de Jordan y su familia. Habiendo sido una familia muy adinerada, luego de la separación la madre no aceptó ni un centavo del dinero de su esposo. En un arranque de orgullo incorruptible ella decidió trabajar y mantener a sus hijos Jonathan, Jordan y Kiara. Como maestra no ganaba mucho y trabajaba demasiado y, sin embargo, nada les faltaba para vivir con cierta tranquilidad. Se habían mudado a la ciudad donde actualmente residían para reiniciar todo en sus vidas. Luego de aquel funesto desenlace marital ella, la madre, la señora Matilde Albornoz necesitaba cambiar completamente de aire en su vida, reiniciar en un lugar donde nadie la conociera, no por lo que pudieran decir de ella, pues eso no le interesaba en lo absoluto, sino por la cantidad de recuerdos que tenía de su época de casada, pues los recuerdos, incluso los recuerdos alegres, la remitían a los tristes y ella odiaba la tristeza. Lo que intentó hacer fue simplemente comenzar todo de nuevo y sus hijos la apoyaron, al menos los tres que con ella se quedaron. El divorcio no fue tan traumático pues todo se arregló de común acuerdo y sin mayores sobresaltos.
            Luego de estas largas charlas Jordan y Diana se hicieron grandes amigos y pasado algún tiempo sin saber concretamente cómo ni por qué, él comenzó a notar algo que en un comienzo lo tuvo por lo demás bastante perplejo. Descubrió que lo que sentía por su amiga no era de índole romántico, es más, llegó a la certeza de que su cariño era total y puramente fraternal. La veía como a una verdadera hermana. Si la observaba con detención, le parecía bonita y bastante exótica. Pero cada vez que de alguna manera le insinuaba algo de estas ideas acerca de lo bonita que Diana le parecía, lo que fuera, ella más que sentirse halagada, se irritaba. Esto lo dejaba más que turbado pues ya reconocía en Diana una persona bastante segura de sí misma y nada temerosa del qué dirán. Jordan concluyó finalmente, sumando sus propias reacciones y las de la propia Diana que atraído sensualmente por ella no se sentía, ni que ella albergaba por él ningún sentimiento romántico, lo que lo llevó a anidar en su mente otra idea que con el paso de los días se fue haciendo más y más persistente y también más clara. Había cometido un error. Esta idea se reforzaba cada vez que observaba algún encuentro entre Diana y su hermano Jonathan.
            No podía quejarse pues Jon había cumplido fielmente con su palabra, pero de una manera muy curiosa. Era cortés, atento, amable pero frío y distante. Estas dos últimas características no se correspondían con el Jon que él conocía. Su hermano no era frío en lo absoluto, era cálido y afectuoso, una persona de piel a quien se le facilitaba el contacto físico, un joven sin temor a tocar, abrazar, besar y acariciar. Tampoco podía decirse que fuera distante, todo lo contrario, se conectaba muy fácilmente con las personas con quienes trataba, era empático, comprensivo y se relacionaba muy bien con todos. Entonces, su conducta le parecía algo más que extraña cada vez que éste se encontraba con Diana. Jonathan siempre se excusaba y desaparecía rápidamente.
            Todas estas imágenes se repetían en la mente de Jordan una y otra vez, lo que inevitablemente lo llevó a pensar que su hermano sentía algo por su amiga Diana. Cuando recordaba el primer encuentro de los dos, hermano y amiga, lo que más nítido veía era ese brillo en los ojos de su hermano. Un brillo que en ese minuto le disgustó sobremanera y que ahora, luego de aclarados sus propios sentimientos, interpretaba de otra forma. Sumando una y otra cosa había concluido finalmente que Jon se sentía muy atraído por Diana, casi se atrevería a pensar en la palabra enamoramiento. Esto último lo hacía sentirse culpable, porque de una u otra manera acariciaba la idea de que su amiga formara verdaderamente parte de su familia. Se preguntaba si habría cometido un gran error al pedirle a Jon que no se acercara a la joven, quién sabe si él mismo había arruinado la única posibilidad de que ella formara parte real de la familia Knight.
            Por otra parte también observaba cosas en ella que le parecían curiosas. Lo primero era el recuerdo, persistente en su cabeza, de aquel brillo que también pudo ver en los ojos de ella cuando vio a su hermano Jonathan por primera vez. También prestaba atención a que ella estaba cada vez más reacia a ir a su casa excusándose del mal carácter de Kiara. Jordan ya había descubierto en Diana a una persona valiente, osada y nada temerosa de los enfrentamientos verbales de ningún tipo, entonces la excusa por lo demás le parecía una pobre falacia, no era justificación valedera para Jordan, haciéndole sospechar que la verdadera razón iba por otro lado, por el lado del complicado encuentro que con Jon siempre se daba. Un breve saludo, miradas evadidas tanto del uno como del otro y un rápido y cortante “hasta luego”.  Incluso había algo más, cada vez que él le comentaba algo acerca de su hermano, creía ver en la mirada de su amiga cierta languidez que más bien parecía tristeza, la que desaparecía tras repetidas pestañadas que Diana ejecutaba casi mecánicamente. A partir de todo esto quiso convencerse de que ella también sentía algo importante por su hermano, a pesar de las pocas oportunidades que habían tenido para compartir.
            Pero cómo averiguar si sus impresiones tenían un real asidero se transformó para Jordan en un verdadero dilema. Cómo preguntarle a Jonathan algo al respecto si él mismo le había hecho jurar que nada sucedería entre él y ella. Cómo interrogarla a ella cuando corría el riesgo de que se molestara en exceso o reaccionara de alguna manera inimaginable, ya sabía que su carácter era difícil y a veces inaccesible. No podía pues hacer nada por el momento. Pacientemente dejó que los días pasaran y de pronto pensó en algo tan simple y a la vez bastante incierto. Si ellos sentían algo el uno por el otro y si esto era realmente fuerte lo más natural era que en uno u otro momento se acercaran y se unieran. Entonces lo más sensato que podía hacer era juntarlos y procurar que lo natural entre dos personas que se aman sucediera tarde o temprano. Se regocijó en la simpleza de este pensamiento y puso manos a la obra. Constantemente le pedía a ella que fuera a su casa y procuraba que Jonathan también estuviera allí y por supuesto se demoraba y se excusaba con algún tonto pretexto. Pero sus artimañas fueron acabándose y podía ver que nada de lo que él deseaba que ocurriera sucedía. Sin embargo, era joven y soñador y no se daría por vencido tan fácilmente. Constantemente inventaba nuevas estratagemas para conseguir sus fines.
            Cierto día en que Diana estaba sentada tranquilamente en una de las bancas del colegio, leyendo un texto de poemas de Coleridge, una joven se le acercó con la nariz respingada y mirándola de reojo. Como Diana estaba tan concentrada en su lectura no se percató de la presencia de la muchacha hasta que ésta se hizo notar cerrándole bruscamente el libro en la cara.
- Perdón.
Le dijo Diana de una manera tan suave y tan firme al mismo tiempo que la joven de alguna manera disminuyó el tono al articular sus palabras.
- Disculpa. Hace días que quiero hablar contigo y no he tenido oportunidad.
- Dime. ¿Qué necesitas? ¿En qué puedo serte útil?
Preguntó Diana con real interés pero alerta a la posible agresión que veía venir.
- …Tú eres Diana, la novia de Jordan. ¿Verdad?
Preguntó la muchacha con la voz algo temblorosa.
- Sí y no, Perla.
La joven se sorprendió de que la niña supiera quién era ella. Pues ignoraba que Diana tenía una memoria privilegiada para recordar nombres y fechas.
- No entiendo.
- Mi nombre es Diana Elster. Mucho gusto, no tenía el placer de conocerte.
Le dijo mientras le tomaba la mano. Ante este contacto la adolescente se sintió casi desarmada.
- Igualmente.
Aceptando la invitación de Diana a sentarse miró instintivamente en derredor.
- Pero no soy novia de Jordan Knight. Él no tiene novia.
Ante esta información la joven sonrió de buena gana y luego trató de disimular su sonrisa aunque los ojos se le agradaron de emoción.
- Ah, ¿no?
- No. Él es mi mejor amigo y no me ha contado nada acerca de ninguna novia. Aunque por supuesto no tiene por qué contarme nada si él no quiere y menos cuando se trata de su vida amorosa.
Ante esta nueva información Perla se sintió realmente confundida, aunque sí muy alegre. Tan alegre que le costaba trabajo esconder su, cada vez, más pronunciada sonrisa.
            Diana, como era bastante perceptiva se dio cuenta rápidamente del tenor de aquella interrupción y como que no quiere la cosa llevó a Perla a confesarle todo lo que sentía por Jordan. En ese momento Diana supo que Jordan, a pesar de ser un chico encantador y muy dulce, era también todo un galán. Las chicas lo perseguían como abejas a la miel y él poco se daba por aludido. No porque no se diera cuenta, porque cuenta se daba de lo que provocaba en el sexo femenino cada vez de manera más evidente, sino que porque lo que buscaba era más bien cariño que sensaciones pasajeras, cosa bastante extraña en los muchachos de su edad, pero tan cierta en Jordan que parecía el héroe romántico de la más triste historia que Goethe hubiera podido concebir. Siendo como era, un joven con un rostro armónico y muy atractivo, era considerado lindo por toda la “barra” femenina. Además estaba muy alto a pesar de ser muy niño aún y se acercaba rápidamente al metro setenta, nada alejado del metro ochenta y tres que en su vida adulta alcanzaría. Su tez canela, ojos marrón intenso y el cabello negro, levemente rizado, le daban un aspecto alegre y jovial que ciertamente no lo dejaban pasar desapercibido en ninguna parte. Una de sus indiscutidas admiradoras era Perla, la joven que asaltara a Diana tan sorpresivamente. Jordan no ignorante de lo que provocaba en la joven no se interesaba en ella no porque no fuera bonita, era muy bonita, sino porque a él le atraía, como a la mayoría de los hombres la delicada tarea de conquistar más que de ser conquistado. Muy difícilmente se involucraría con alguien que fuera demasiado evidente. Sólo necesitaba una señal para dar inicio a la conquista amorosa. Esa era la táctica para conquistar a Jordan, demostrar interés, pero no la fácil seguridad de que todo está concertado desde siempre.
            Muy rápidamente Diana y Perla simpatizaron, tan sinceramente que ya conversaban como si fueran amigas desde la más prístina infancia. De alguna manera Diana sabía juzgar muy bien a las personas, se equivocaba muy raramente y ésta no sería la ocasión para hacerlo. Perla era una muchacha buena, aunque frecuentemente tomaba decisiones equivocadas. Una de estas malas decisiones se acercaba rápidamente por una de las esquinas del patio. Era Débora, una chica ruda y vulgar que tenía más de un problema conductual con el resto de los estudiantes que asistían a aquella secundaria. Una de estas relaciones conflictivas era Perla, quien nunca imaginó el alcance de su anterior disputa con Débora.
- Así es que ahora jugamos a la hipocresía. - dijo a Perla. - Cuídate, niña, de ésta… Quiere quitarte a tu novio y no duda en hacerse pasar por una mosca muerta. - dirigiéndose a Diana. - Así que esta niña es la nueva amiguita de Jordan. Yo no sé que le ve, obviamente no mucho…
Le dijo a Perla mirando a Diana de pies a cabeza de una manera tan grosera, no sólo en el tono sino que también en los gestos, tanto que el espíritu suave de Diana se sintió hondamente dolorido, pudiendo solamente cerrar los ojos, respirar profundamente, para buscar en su interior la mejor respuesta.
- Déjala tranquila, ella no tiene nada que ver con nuestros problemas.
Le dijo Perla encarándola con firmeza y decisión.
- Nuestros problemas, nuestros problemas. El problema lo tienes tú. Te dije bien claro que no te metieras en mis terrenos, estúpida.
Le dijo mientras la interpelaba clavándole un dedo en el pecho haciéndola retroceder.
            El altercado fue captado rápidamente por el resto de los muchachos y comenzó a formarse un gran círculo alrededor.
            Pero Diana no iba a dejar que su nueva amiga fuera golpeada por aquella “simulacro” de matona. Claro que no. Se puso rápidamente de pie y ordenando todos sus libros en su morral lo dejó sobre la banca y rápidamente se interpuso entre Débora y Perla. La escena fue más que graciosa para la bullente concurrencia. Diana era una niña más bien bajita con un modesto metro cuarenta y cinco y las otras dos chicas cai alcanzaban el metro sesenta. Débora se sintió por un momento tentada a reír pero algo en los ojos de Diana la hizo guardar silencio. Por otro lado Perla, mostró temor porque este delicado espíritu que acababa de descubrir saliera dañado en aquella segura pelea.
- Sal de aquí Diana, por favor.
Su tono suplicante denotaba el enorme cariño que en pocos minutos había ganado Diana a su favor.
            Pero Diana se volvió hacia ella y sosteniéndola de los brazos la alejó hasta el borde del círculo diciéndole que no se preocupara por ella, porque sabía lo que hacía. Perla sin saber por qué la obedeció.
            Algunas palabras fueron cruzadas entre estas particulares contrincantes y la furia se encendió en los ojos de Débora quien se abalanzó en contra de la aparentemente frágil Diana. El combate dio inicio y se sostuvo mucho más tiempo del que la muchedumbre esperaba.
            Jordan apareció justo en ese momento y tomando el morral que Diana había dejado sobre la banca supo que se encontraba en medio de la multitud. Lo que nunca imaginó fue que Diana fuera el centro del espectáculo. Tomó el bolso y se acercó para ver qué ocurría y por supuesto para encontrar a su amiga. Llegó justo en el momento más impactante para todos. Quiso sacar a Diana de aquel lío pero Perla lo detuvo sosteniéndolo de un brazo mientras le decía que no interfiriera pues Diana sabía lo que hacía. En un dos por tres con unos extraños movimientos Diana puso fuera de combate a la enorme Débora dejándola tendida en el piso y con la sangre escurriéndole por una de las comisuras de la boca. Ambas jóvenes completamente empolvadas fueron llevadas por el inspector a la oficina del director. Débora condicional por mala conducta y Diana libre de toda pena fue la gran triunfadora. ¿Qué profesor podría imaginar que esta débil criatura fuera capaz de iniciar una trifulca como aquella y menos creer que hubiera golpeado a tremenda bestia? Secretamente algunos docentes bien convencidos ante las pruebas irrefutables se alegraron de que alguien pusiera en su lugar a aquella chica problema. Pero claro, nunca lo confesarían públicamente.
            Por la tarde cuando Diana accedió a cenar en la casa de Jordan, ninguno de los miembros de la familia Knight, exceptuando a Kiara que no estaba presente, podía creer en las acaloradas palabras de Jordan. La señora Matilde estaba, más que sorprendida, preocupada por el bienestar de Diana, temiendo nuevas represalias por parte de su “archirrival”.
- Débora no se atreverá a hacer nada, mamá. Cualquier cosa y la expulsarán sin ningún miramiento. Además, ahora está aterrorizada de “karate girl”.
Jordan muerto de risa, miraba a Diana y la cara atribulada de ésta lo divertía más todavía, haciéndole casi imposible dejar de burlarse, y en el fondo se sentía orgulloso de su amiga.
            Diana le dio un codazo para que dejara de molestarla. Jonathan, que no dejaba de sonreír sin proferir palabra, la observaba con detenimiento más tiempo del que lo había hecho en los últimos diez encuentros juntos.
- ¿Y cómo aprendiste a defenderte Diana?
Preguntó Jonathan, por fin, luego de mucho demorar la pregunta, mucho más tiempo de lo que el resto de los comensales imaginara.
- Un maestro chino me enseñó en mi pueblo. Dijo que me parecía a su nieta que estaba en su país. Por eso lo hizo y dijo que yo tenía cierta predisposición natural para las artes marciales. Eso hace como cinco años.
Respondió ella con una naturalidad que no admitió más interrogantes, sólo sorpresa.
            Mientras hablaba miraba fijamente a los ojos de Jonathan, mientras los suyos adquirían la apariencia melancólica del sueño. Jordan, que la observaba, pudo notar la incomodidad repentina que se apoderó de su hermano y de la joven luego de mirarse sin siquiera pestañear bajando los ojos y clavándolos en sus respectivos platos. Sus dudas estaban aclaradas, pues según su parecer, el rubor y la turbación de la atracción eran inconfundibles.
Como para salvarla del bochorno preguntó algo que causó todavía más confusión en la ya turbada Diana.
- ¿Pero qué le dijiste a Débora para alterarla de esa manera y que se abalanzara sobre ti de ese modo?
- Eh…, bueno…, yo…, no quiero recordarlo.
- Ya déjala tranquila, ha tenido suficientes emociones por hoy.
            Le dijo Jonathan apareciendo en el rostro de Diana nuevamente el rubor, el que sólo fue percibido por el propio Jonathan quien no pudo dejar de sonreír de esa manera que causaba en Diana una conmoción interna tan fuerte que le costaba cada vez más disimular, y luego por Jordan quien sonrió para sí mismo sin articular otra palabra sobre el tema para cambiar rápidamente de conversación logrando relajar a su amiga.
            Cuando Diana se fue aquella tarde, ya en la parada de bus la pregunta se escapó de los labios de Jordan sin poder contenerla ya, más bien para confirmar todas sus impresiones.
- Diana… Te gusta mi hermano, ¿verdad?
Ella viéndose descubierta, aunque tímida, no evadió la pregunta.
- Fui muy obvia. Lo sabía. Disculpa. Por favor no vuelvas a traerme a tu casa. Te lo ruego.
Le dijo casi suplicando con un arrebatado infantilismo que a Jordan pareció, por lo demás, inconcebible en su amiga a quien, hasta ese momento, había visto madura y siempre compuesta. Entonces sonrió casi pletórico de una alegría que era un presentimiento esperanzador.
            A Diana le constó mucho convencer a Jordan de guardar aquel secreto. Él prometió el silencio absoluto, aunque se abstuvo de comentarle nada acerca de sus otras acciones, las que de ahora en adelante seguiría ejecutando con mayor ánimo y esperanza. Tenía la mitad del camino recorrido. Ahora tenía la confirmación verbal de los sentimientos de su amiga. Lo que sí le afectaba era que ella se veía tan desanimada, pues estaba segura de que Jonathan no estaba para nada interesado en ella, es más estaba casi segura de que la detestaba. Pensaba esto por las actitudes que siempre tenía con ella, apenas la saluda y desaparecía para no regresar a su presencia.
            Norman pensó que todas estas inseguridades, desde su perspectiva, eran totalmente injustificadas, sin saber que éstas provenían del hecho de que Diana era huérfana, no sólo del hecho, sino de las causas de ella, causas que Jordan ignoraba por completo, tal vez algún día ella se atrevería a confesarlo. Aquello provocaba en Diana una tristeza tan honda que constantemente Jordan la observaba en los ojos pardos de su amiga sin saber de dónde provenía realmente. Eso después de haberla analizado durante mucho tiempo, porque a simple vista se veía una niña alegre, serena y bastante segura de sí misma. Era cierto que Diana no era la chica más bella que jamás él hubiera visto, pero había algo en ella que iba más allá de la mera armonía de las facciones o en la perfección de las líneas corporales. Era ese algo indescriptible que hace a esa persona única y tan atractiva que no se puede dejar de verla donde quiera que se encuentre, ese algo que no aparece en las revistas ni que el mejor cirujano plástico puede dar en un momento de máxima maestría con el mágico bisturí. Algo que viene desde el interior de una mujer. Diana a sus doce años podía ser mirada como una mujer aunque ella misma no tuviera consciencia de ello.

Saturday, June 23, 2012

NEW KIDS ON THE BLOCK Y SU PERFECTA HUMANIDAD. CAPÍTULO 1


I
En un solo instante todo puede cambiar en nuestras vidas. En un solo segundo el destino puede tornarse de cierto a incierto...

            Jordan caminaba deprisa por uno de los pasillos del colegio. Iba atrasado, cosa que no era normal en él y por lo mismo estaba más preocupado a cada instante y cada paso que daba apresuraba más al siguiente. De pronto, sin saber cómo ni por qué todo a su alrededor pareció girar. Sorprendido sintió algo así como un mar de libros que cayeron a su alrededor en medio de un alboroto de hojas, un agudo grito que no supo de donde venía y pequeños dolores que no comprendió hasta que todo hubo terminado. Fue en ese momento, y sentado sobre el piso, que pudo ver junto a él a una niña tendida, igual como él lo estaba, a escasos centímetros con una graciosa expresión enmarcada en un semblante luminoso. Ambos se miraron en silencio hasta que unas estruendosas carcajadas rompieron el congelamiento que ambos padecían, según su percepción, por demasiado tiempo. Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para hablar.
- Lo siento, no te vi. Tenía prisa…
Dijo él a modo de disculpa, al tiempo que se ponía de pie y la ayudaba a levantarse y a recoger todo aquel desastre esparcido a su alrededor.
- No te preocupes, yo tampoco te vi y también tenía algo de prisa.
Respondió ella mientras recogía los textos diseminados a su alrededor, evidentemente confundida, pero más que todo dolorida por aquí y por allá aunque nada de gravedad que hiciera que ni ella ni él se preocuparan de lo maltrechos que se sentían.
- ¿Por qué tantos libros?
Preguntó él sin contener su clásica curiosidad mientras recogía los libros y ayudaba a ordenarlos.
- Soy la “Monitora de biblioteca”…
Dijo ella de una forma monótona y suave, acompañando la frase con una expresión facial acongojada, bastante divertida para el sorprendido Jordan.
            Aquella era suficiente explicación y no quiso parecer inoportuno haciendo más preguntas de las evidentes, y que pudieran revelarlo demasiado impertinente. Sin embargo, y a pesar de su esfuerzo y prudencia, no pudo contener una de las múltiples interrogantes que se arremolinaban en su mente escapándosele casi en forma automática.
- ¿Cómo te llamas?
La miraba perplejo y mostraba su clásica sonrisa, amplia y franca.
- Diana Elster, y tú. ¿Me dijiste cuál que era tu nombre?
- Jordan Knight.
Dijo él mientras le estiraba la mano y sin dejar de observarla la saludó cordialmente, evidentemente impresionado por algo que no comprendía. Ella sonreía con simpleza.
- Bien, Jordan Knight, ha sido un placer conocerte y también toda una sorpresa, gracias por ayudarme.
Dijo Diana mientras respondía el apretón de manos para luego alejarse de allí sin decir alguna otra cosa por uno de los pasillos, cargando los libros que ya habían sido ordenados y apilados sobre sus aparentemente frágiles brazos. Norman se quedó parado observándola alejarse con una enorme sonrisa que parecía dibujada en su rostro, una sonrisa que duraría mucho más tiempo del necesario, a pesar de la reprimenda de su maestra por el atraso de aquella mañana.
* * *
            Por la tarde cuando volvió a casa, Jordan aún dibujaba aquella linda sonrisa que le quedara casi perpetuamente en la cara luego del gracioso incidente que tuviera aquella mañana con la muchacha. Cruzó el jardín, abrió la blanca puerta de su casa y subió en tres trancadas las escaleras hasta llegar a la habitación donde encontró a su hermano, con quien la compartía, trabajando en el escritorio. Apenas lo saludó para tenderse de un salto sobre la cama cruzando los brazos detrás de la cabeza. Luego de varios minutos en esa cómoda posición y tras un aparente y apacible silencio Jordan, con una sonrisa incontenible emitió algunas palabras que no fueron entendidas por su hermano, el que se encontraba absorto en sus deberes, sólo la percepción de un rumor distante hizo volverse a Jonathan y preguntar qué le había dicho el sonriente Jordan.
- Digo que hoy es un gran día.
Repitió Jordan tan feliz que parecía no querer nunca dejar de sonreír.
- Y eso, ¿es una nueva moda? ¿De cuándo acá tan contento?
Preguntó el hermano mayor del muchacho, a quien le pareció graciosa, hasta ridícula la expresión de Jordan.
- Nada, es sólo que pienso que hoy es un gran día.
Repitió Jordan fruitivamente, casi regocijándose en sus palabras.
- Okey, y yo tengo que creerte… bueno, oye hermano, y ¿me trajiste el libro?
Preguntó Jonathan recordando, de pronto, cuanto necesitaba aquel libro que su hermano había prestado sin su autorización.
- Obvio, ahí está en el bolso.
Respondió Jordan sin darle mayor importancia a la pregunta.
            Jonathan, se puso de pie y sin molestia, casi con ansiedad se inclinó sobre el destartalado bolso de su hermanito para extraer el libro que necesitaba, un texto con cubierta negra, bastante raída por el uso y antigüedad del volumen y lo observó algunos segundos acusando una expresión desconfiada y nada amigable.
- ¡Oye, éste no es mi libro! ¿Dónde está el mío?
Reclamó mientras examinaba con más cuidado el interior del bolso.
- ¿Cómo que no es? Ése es.
Insistió Jordan.
- Te digo que no, este libro es de biología y el mío es de física.
Lo miró algo enojado al tiempo que le extendía el volumen para que su hermano lo viera. Pero Jordan no estaba tan interesado en lo que Jonathan le decía, lo que produjo en el joven una mayor molestia.
- ¡Te estoy hablando, hermano!, este libro no es mío, es de una tal… Diana Elster, mira.
Sólo en ese momento Jordan prestó real atención.
- ¿Qué? ¡Es suyo!
Dijo, mientras se iluminaba su semblante de alegría, lo que hizo que su hermano se enojara realmente.
- Eso dice. ¿Y ahora qué voy a hacer? Te estaba esperando para poder terminar mi trabajo que es para mañana, te lo recuerdo por si lo has olvidado, no tengo más tiempo. Aquí no hay ninguna dirección, estoy perdido, no puedo inventar el trabajo.
Habló levantando el tono de voz y dejándose caer pesadamente sobre la silla. Parecía derrotado y apesadumbrado.
- Tranquilo hermanito, siempre hay alguna solución.
- No, no siempre hay solución, ¡ahora no hay solución y te lo debo a ti! ¿Cómo pudiste prestar mi libro y más encima a escondidas? Sabiendo que yo lo ocupo todo el tiempo.
Perdiendo su compostura habitual, Jonathan levantó bruscamente la voz, sonando casi agresivo.
- Lo siento, no fue con mala intención, yo nunca…
- Lo siento, lo siento... con sentirlo nada cambiará, ya no hay nada que pueda hacer, la biblioteca pública está cerrada por reparaciones, ya estuve ahí, y ésa era la única alternativa, pero confié en ti, me juraste que lo traerías hoy. Ese libro es muy raro Jordan, creo que es lo único bueno que papá me dio.
Dijo mientras recordaba a su padre. Lo vio jugando por la casa a las escondidas.
            Jonathan sabía que sus palabras no eran justas para con su “progenitor”, prefería pensar en él en estos términos, pero la rabia que aún llevaba en lo profundo de sí lo enceguecían al gran amor que de todos modos sentía por él. Un divorcio nunca es fácil de asimilar para ningún hijo y menos el engaño y la traición. Al menos eso pensaba o más bien, creía Jonathan. Todavía, a pesar de que ya habían transcurrido más de dos años, no lograba perdonar a su padre. Cómo pudo hacer lo que hizo, ¿cómo?, si eran tan felices, hasta hermanos adoptivos tenía, cosa nada común, pero que para la familia Knight había significado grandes satisfacciones. 
            Su familia parecía una familia tan especial, tan unida y tan solidaria. Los hijos propios Helen, Anne, Jonathan, Jordan y Kiara tuvieron además tres hermanos adoptivos, Susana, Alberto y José, quienes llegados desde otras regiones nunca sintieron ninguna diferencia con sus hermanos, hijos naturales de la pareja Knight. Una pareja que pese a sus grandes recursos económicos, poseía la sencilla calidez del amor familiar. Sin embargo, todo eso cambió. Richard Knight se enamoró de otra mujer y abandonó a su esposa legítima, no sin antes haber pasado por una serie de grandes conflictos maritales de los cuales Jonathan y Anne fueron los únicos testigos, por lo cual Jonathan no entendía ni perdonaba a Anne quien decidió quedarse a vivir con el padre en la casa familiar. Jonathan nunca entendió las razones de su hermana para “abanderarse” por el padre en desmedro de “su” madre, quien aparecía ante los ojos del joven como la gran víctima de todo aquel desastre, pues, no sólo perdió el marido, también perdió la casa y a los hijos, Anne y los hijos adoptivos Susana, Alberto y José quienes se quedaron con su padre. Helen por su parte estaba recién casada y no tuvo que pasar por ningún conflicto de intereses familiares, permaneciendo neutral a todo el problema y convirtiéndose en el único lazo que todavía unía a esta desintegrada familia.
            Pero algo sacó a Jonathan bruscamente de estos pensamientos, fue Kiara, la menor de los hermanos, una niña bastante más caprichosa que todos sus hermanos juntos, con una sensibilidad poco entendida y un carácter bastante incomprensible.
- ¡Jordan, Jordan, te buscan!
Dijo mientras entraba en la habitación de sus hermanos con una voz tan chillona que no dejaba indiferente a nadie que alcanzara a oírla a unos dos kilómetros de distancia.
- ¿Quién es?
Preguntó Jordan tratando de recuperarse del sobresalto.
- No sé, una… mujer, nunca la había visto.
Dijo Kiara mientras arrugaba la nariz.
- ¿Dijo su nombre?
Preguntó Jonathan quien obtenía información de su hermanita con mayor facilidad que el resto de la familia.
- Sí, Diana… y no recuerdo que más.
Jordan casi saltó de alegría mientras un aire de tranquilidad inundó a Jonathan.
- Y, dime hermanita, ¿cómo es ella?
Dijo Jordan mientras miraba de reojo a su hermano.
- ¡Ufff!, muy fea, horrible y muy pesada.
Ambos jóvenes se miraron y sonrieron al conocer las triquiñuelas de su adorable hermanita.
- Y, ¿dónde está?
Preguntó Jordan con evidente interés.
- ¿Dónde va a estar? Afuera.
Respondió ella con la naturalidad de una bestia.
            Sin esperar respuesta, Jordan bajó las escaleras corriendo mientras Jonathan se dedicó a darle a su hermanita de ocho años un sermón sobre los buenos modales. Jordan, en tanto, se encontró rápidamente en el dintel de la puerta buscando a su nueva amiga. No la vio de inmediato hasta pasados algunos segundos, cuando ella sonriendo se le acercaba lentamente con Pepito, el perro de la casa, en los brazos.
            Durante algunos minutos permanecieron en silencio sólo sonriendo. Comprendiéndose sin palabras, la alegría que cada uno provocaba en el otro no tenía explicación y se generaba con naturalidad, simplemente les bastaba mirarse para sonreír de inmediato.
            Jordan siempre fue un chico alegre. Eso a pesar de los problemas que su familia pasara tan dolorosamente. Él, a pesar de no involucrarse directamente en los conflictos, principalmente debido a su corta edad, se daba perfecta cuenta de todo, pero con esa especie de protección contra el dolor que naturalmente poseía, no se veía mayormente afectado.
- Es bueno verte otra vez.
Le dijo él, al tiempo que asentía con la cabeza.
- Disculpa por presentarme de esta manera, pero tengo algo que no me pertenece y creo que tú tienes algo mío.
Le dijo ella mientras sonreía tranquilamente.
- Es verdad, acabo de darme cuenta, ¿pero cómo llegaste hasta aquí?
Preguntó él aún sorprendido por su visita.
- Tu libro tenía la dirección. Sólo tomé el autobús. Pero dime algo, creí que te llamabas Jordan y en el libro dice Jonathan.
El muchacho sonrió y se dispuso a responder pero Kiara apareció de pronto arrebatando de las manos de Diana a Pepito, sin que su hermano mayor alcanzara a reaccionar. Quiso seguirla, pero Diana lo sostuvo del brazo impidiéndole tal arrebato.
- Disculpa, es una niña muy impertinente.
Dijo él bastante consternado por el “numerito” de su hermana.
- Tranquilo, no hay problema, yo también me enojaría si algún desconocido tomara a mi perro sin mi permiso, eso si es que tuviera un perro.
Respondió ella logrando recuperar la extraviada sonrisa de Jordan.
- De todos modos no tiene excusa, pero ven, quiero que conozcas a mi hermano, él se llama Jonathan, el libro es suyo y lo necesitaba urgentemente, créeme, es un milagro que hayas decidido venir.
Dijo sin dale tiempo de responder la tomó de la mano conduciéndola por la casa y las escaleras hasta llegar a su habitación.
            Al entrar y sin dejar de sentirse como una intrusa Diana pudo observar al hermano de Jordan, quien se encontraba inclinado sobre el escritorio, aparentemente muy concentrado. La luz que entraba por el tragaluz a su izquierda caía sobre el muchacho como varios rayos separados. Por un momento quedó enceguecida por la excesiva luminosidad, experimentando una extraña sensación, algo así como un dolor de estómago, y mientras él giraba hacia ellos dejó de verlo con la claridad inicial por efecto del rebote de los rayos solares. Jonathan se puso de pie casi de un salto y en menos de dos segundos se encontraba frente a ella.
- Jonathan, ella es Diana Elster. Por equivocación ella se llevó tu libro y yo me traje el de ella.
Al terminar de hablar Jordan no pudo dejar de sentirse incómodo ante lo que observaba. Su hermano y la niña no dejaban de mirarse de una manera extraña. Jonathan y Diana parecían brillar frente a los ojos de Jordan, el que estaba en medio sin saber qué hacer ni qué decir confundido por un presentimiento que en ese minuto lo abrumaba y que no olvidaría por el resto de sus días.
- Jonathan, Diana…
Musitó Jordan con una voz apenas audible para presentar a su hermano y su nueva amiga.
- Es un gusto, Diana… conocerte.
Dijo Jonathan mientras le tomaba la mano para saludarla mirándola detenida y fijamente, con ese don de sensualidad que Jordan muy pocas veces le había visto, a pesar de lo cual disimuló perfectamente su incipiente irritación.
- Lo mismo digo… yo, traje algo que te pertenece.
Se volvió para extraer el libro de la confusión del morral que cargaba cruzado en su débil torso.
- De verdad te lo agradezco, hace quince minutos atrás estaba muy enojado con mi hermano por haberlo prestado. Creo que por aquí tengo el tuyo… ya sé que fue un equívoco, no te preocupes.
Se volvió hacia el escritorio para tomar el otro texto volviendo de inmediato junto a Diana.
- Perfecto, ya no hay ningún problema para ti hermano, has recuperado tu mentado libro y Diana el suyo.
Jordan tomó los libros e hizo el intercambio impidiendo que ellos se tocaran.
- Claro, gracias Diana.
Jonathan habiendo notado la molestia de su hermano no se dio por aludido y brindando a Diana una de sus encantadoras sonrisas no dejó de mirarla.
- No es nada, también yo necesitaba mi libro, por eso me atreví a venir… ¡Uy!, acabo de recordar que tengo que estar de vuelta en la pensión en media hora. Es tiempo de irme. Jordan, ¿me dejas en la parada de autobús?
Haciendo un esfuerzo por salir del estupor en que se encontraba, Diana dijo lo primero que se le ocurrió.
- De acuerdo.
- Pero tranquila, yo te llevo. De alguna manera tengo que agradecer tu gentileza.
Dijo Jonathan bajando el tono de su voz.
- Es verdad, podemos ir a dejarte. Jonathan conduce, no muy bien, hasta el momento no ha atropellado a nadie.
Jordan haciéndose el gracioso trató de disimular la molestia que sentía contra su hermano.
- Oye, ¿qué te pasa? Ya quisieras tener licencia, pero a los niños pequeños no les dan.
Jonathan bromeando con su hermano, continuaba impertérrito frente al desasosiego de Jordan.
- Sabes que la tuya es especial por el problema de mamá, tampoco tienes edad.
- ¿Problema? - peguntó Diana.
- Mamá tiene dificultades motoras para conducir, nada grave, por eso conduzco yo.
- Pero no puedo aceptar, eso sería abusar de su buena voluntad…
Diana tratando de zafarse de la oferta y sin saber por qué empezó a retroceder.
- No hay problema, será un placer. Vamos.
Dijo Jonathan mostrando las llaves del vehículo sin aceptar ninguna de las excusas que Diana intentaba dar. Jordan por su parte la detuvo tomándole el brazo y la condujo escaleras abajo.
            Luego de avisar a la señora que los cuidaba y a su hermana del viaje, se fueron. Ellos prometieron volver pronto, pues Jonathan debía ir a buscar a su madre que aún estaba en el trabajo. Ella nunca llegaba temprano, no podía por el trabajo que tenía. Era maestra de escuela y sus días los dedicaba a esa labor para poder sostener su hogar.
            En el automóvil Diana fue obligada a sentarse adelante y Jordan quedó en el asiento trasero, no sin inclinarse hasta el frente para conversar con su nueva amiga. En ese viaje Diana supo algo más acerca de los muchachos y ellos supieron más sobre ella. Jordan tenía trece años, casi catorce. Jonathan había cumplido los quince no hacía mucho y ella tenía doce años recién cumplidos. Vivía en una pensión estudiantil porque había ganado una beca para estudiar en la secundaria donde Jordan también asistía, una de las mejores del país, y se había trasladado hacía como un mes. Por eso Norman nunca la había visto antes. También supieron que ella era huérfana y bastante independiente para su corta edad. Eso fue lo único que ella les comentó, pese a que ellos trataron de muchas maneras de sonsacarle alguna otra información. No dejó de parecerles, por cierto, extremadamente misteriosa y enigmática y hasta se atrevieron a bromear con el asunto y ella graciosamente se hizo la desentendida hasta que ellos finalmente desistieron del interrogatorio que febrilmente habían iniciado, principalmente porque el tiempo se agotó y llegaron rápidamente a la pensión donde ella vivía, pues no estaba tan lejana de su casa.
            Luego de haberla dejado en la puerta de la enorme casona, los chicos volvieron a casa en un completo silencio. Fue entonces que al llegar, y sin descender del vehículo, los hermanos tuvieron una larga conversación, donde Jordan le expresó su molestia por el incidente en la habitación cuando Jonathan coqueteó descaradamente con la joven.
- Escúchame, Jon, ella interesa. Necesito y te exijo que no te  acerques.
Jordan habló con una seriedad que sorprendió mucho a Jonathan, sobre todo por el tono y aparente madurez de su hermanito.
- Pero si ya te dije que no, es sólo una niña.
Dijo aquello sin mucho convencimiento.
- Niña… ¿Cuándo te ha importado eso? ¿Recuerdas a Verónica… y a Gisella?
Jordan lo miraba directo a los ojos.
- Sí, recuerdo. Era más chico, me creía galán. Ya me disculpé por eso más de una vez.
Dijo algo fastidiado por aquello que ya creía resuelto.
- ¡Ah! ¿Y ya no? - dijo en tono irónico – Bueno, es cierto, lo hiciste, pero no lo he olvidado. Ahora apenas conozco a otra chica y tú te pones inmediatamente en plan de conquista.
- Fue sin querer, no era mi intención. Pero escucha, juro que no me acerco.
Jonathan trataba de ser sincero.
- Creo que después de todo te pareces bastante a papá.
Aquella observación fue el dedo en la llaga. Nada pudo dolerle tanto a Jonathan como aquella comparación entre su inclinación hacia el sexo femenino, cosa muy natural a su edad, y la aventura descarada de su padre.
- No me digas eso. Nunca me compares con él.
Luego de un silencio y de un suspiro prolongado, Jonathan dijo.
- Escucha. Te juro por lo más sagrado que esta vez no te fallaré. Sé que con aquellas chicas no te hice ningún mal. Tampoco te gustaban tanto, pero esta vez me queda bien claro tu interés en esta niña, así es que no me acercaré de ningún modo a ella. Lo juro.
- Lo juras. ¿Lo juras? ¿Sabes lo que significa jurar?
- Por supuesto que lo sé. Fui al catecismo sabes y aprendí bien mis lecciones. LO JURO, por Dios.
Dijo aquello mirando hacia el cielo.
- De acuerdo, te creo hermano.
Jordan extendió la mano, firmando el compromiso, para luego abrazar a su querido Jon.
            Y era cierto. En verdad Jonathan pretendía cumplir con su palabra. Necesitaba cumplir con lo jurado. No era cuestión de un romance más o un romance menos. Sino la autoafirmación como líder y protector de sus hermanos. Se trataba de ser el soporte que mantuviera la integridad de su desmembrada familia. Pensaba que era él quien debía guiar a sus hermanos menores en el camino a convertirse en buenas personas. Pero había algo… algo en los ojos de esa niña, algo que sin siquiera conocerla lo confundía y que a esas alturas lo hacía dudar de su propósito. Algo dentro de él había cambiado en un solo instante, en el roce de una delicada mano que con su solo recuerdo lo conmovía. Algo en esos ojos pardos que lo iluminaba para luego hacerlo descender en un precipicio de ahogo… Pero no podía fallar. Su hermano no se lo merecía, su hermano confiaba en él, su hermano lo necesitaba y su lealtad estaba, primero que todo, con su querido hermanito Jordan.

New Kids on the Block


El relato que leerá a continuación ha sido publicado con el nombre de PERFECTA HUMANIDAD y es una historia inspirada en el grupo New Kids on the Block donde los nombres de los kids habían sido cambiados.

La versión mejorada que presento a continuación es una novela de romance, una biografía ficticia de NKOTB.

Algunos hechos están basados en la realidad, pero la mayoría de ellos surge sólo de la imaginación de quien escribe y nada tienen que ver con la realidad.

Como fans del grupo la escribo con mucho respeto esperando que a mis lectores les guste.

La historia nació cuando era apenas una niñita y a través del tiempo ha sufrido pequeñas modificaciones.

Me declaro enamorada de Jonathan, por más de 25 años he soñado con él, obviamente con la imagen del real, pero con las características del ficticio que me parece no se alejan tanto del real, él es un poco más pícaro y bromista. La verdad es que no lo conozco, y tal vez no lo conozca nunca, aunque siempre espero que eso ocurra. Hace tres día fui inmensamente feliz porque lo vi desde la impresionante distancia de 10 metros en el  show que ofrecieron en Santiago de Chile.

Con cariño entonces ofrezco:

NEW KIDS ON THE BLOCK o PERFECTA HUMANIDAD

Monday, December 12, 2011

PERFECTA HUMANIDAD. Capítulo XXIV

Si tienes paciencia y sabes esperar el tiempo suficiente, tal vez desde el cielo lo que esperas caiga en tus brazos.



Wednesday, November 16, 2011

PERFECTA HUMANIDAD. Capítulo XXIII

Ese arbusto llamado amor, alimentado con ternura, florece y renueva toda su belleza, extendiendo sus raíces profundamente en el corazón.